Tengo una confesión: por casi un año donde trabajé perdía a propósito una hora al día con un vicio muy particular.
Era una oficina bastante grande con mucha mucha gente y un solo baño de hombres, y como uno pasa todo el día ahí, pues puede ser que le caiga mal la comida o algo, el problema es que los “cubículos” eran muy pequeños… y encima tienen la manía de pulir mucho el piso, lo que hace que se vea el reflejo de las personas sentadas a los lados, en fin, muy desagradable.
Todos los cubículos, menos uno.
El de más a la derecha pegado a la pared era “especial”, porque era para discapacitados, o más bien seguro hicieron la vaina mal, los planos no cuadraron y uno quedó mucho más grande que los otros, así que le pusieron un pedazo de agarradera ahí y dijeron que era para discapacitados.
La cuestión es que era más grande,y el “asiento” estaba bastante alejado de la pared continua y de la puerta, era como… el último reducto de intimidad, era casi como estar en tu propia casa, y hay gente que necesita eso… que de verdad lo necesita para poder lograrlo.
Obviamente era el más solicitado, por no decir el único en donde la gente se atrevía, y mi vicio no era otro que ocuparlo sin necesidad, solo por joder.
He descubierto que el baño es el único sitio donde puedes pasarte horas muertas sin que a nadie le importe o se le ocurra importunarte ni venir a sacarte, es el último santuario de la sociedad, por eso podía pasarme hasta 45 minutos obteniendo el sencillo placer de escuchar cada cierto tiempo el tintineo metálico de la gente que intentaba abrir la puerta del cubículo para descubrirla trancada.
Si tan solo me hubiesen podido ver sonriendoles a través de la barrera de la puerta y haciéndoles un gesto de “no” con el dedo… No saben la increible sensación de PODER que da poseer algo que otros necesitan tan urgentemente, pero no soltarlo, solo por joder.
Había quienes insistían con la puertecita y le daban más duro (deliberadamente yo no hacia el menor ruido que indicara mi presencia, y desde afuera no se ve si hay alguien dentro), quienes se quedaban pasmados por unos minutos sin saber que hacer (se notaba como afincaban su peso de un pie al otro, nerviosos…), quienes se iban y volvían al rato a insistir (mis favoritos),2, 3, hasta 4 veces en menos de media hora.
Para los que no se aguantaban y finalmente se rendían a usar otro de los puestos les tenía el especial regalo de calcular el momento justo cuando se sentaban y no había marcha atrás para liberar el cubículo haciendo el mayor ruido posible…
Que habrán sentido en ese momento, no se, pero me viene a la mente uno de mis pasajes favoritos de la única novela de Edgar A. Poe.:
“… Toda la salvaje fiereza del tigre se apoderó de mi razón en aquel instante y sentí hacia Parker el más intenso y satánico de los odios…”
(Si ya se que dije que no venía más para acá, pero que puedo decir…, me provocó y volvi porque puedo)