El otro día me imaginé que me moría y que subía al cielo para descubrir que éste estaba completamente administrado por venezolanos.
Seguramente al llegar habría una cola inmensa, no porque hubiese necesidad de la cola, es que acá todo funciona así. Nadie te sabría decir para qué es cada cola, o para que exactamente hay que hacerlas, así que te pondrías en cualquiera hasta que te tocara pasar. “Siguiente, SIGUIENTE” grita la señorita. “mire yo vengo acá porque me morí y bueno digame usted…”, “mire eso no es esta cola, vaya a la otra” dice la señorita mirándote con desprecio y como si fueses tarado. No importa que no haya anuncios en ningún lado, cada quien debería saber para que es cada cola, o no?. Me supongo que cuando tu mundo y tus horizontes se reducen a una ventanita de asistencia en una oficina empiezas a perder la noción de que las 4 colas que coordinas no son el centro del universo.
Después harías la otra cola, “si mire estoy acá desde temprano y…”, “tiene el número?”, “cuál número vale?”, “el número de cita que le da la página web a la que se tuvo que meter antes de venir para acá”, “pero si esa vaina estaba caída”…
En fin, después te pasarían a un cuartito que es algo así como la sala de espera. Allí habrá un televisor sintonizado a algún canal nacional, full volumen, solo que se ve mal, unas sillas muy incómodas donde la gente se sienta dejando silla por medio para que no se les siente nadie al lado. Y algunas revistas, como una “Estampas” del año 88 o algo así.
Como tanta gente ha pasado ya por ahí no queda mucho que hacer con las revistas aparte de leerlas, el sudoku ya estará hecho y cualquiera otra vaina divertida como pintarle bigotes o pipices a las modelos de las propagandas de perfumes ya estará hecho. A mi en lo personal me gusta recortar la cabeza de una foto para ponerla en el cuerpo de otra y así hacer monstruos mitológicos. Pero hasta eso cansa.
La secreatria de ahí masca chicle y se acomoda las uñas, yo que ya pierdo un poco la paciencia me le acerco, “disculpe señorita, pero llevo más de 4 horas acá y…”, “no mi amor tienes que esperar a que llegue la doctora…”, “doctora en qué?”, “la abogada que…”. Ya ahí dejo de escuchar, yo me supongo que llaman a todo el que se graduó de bachillerato “doctor” así tenga phd o no.
La gente que es vacía por dentro no soporta estar callada, porque al estar callada sólo les queda mirar dentro de si mismos y al no ver nada la única manera que tienen de callar ese silencio es buscándonos conversación a los que nos bastamos a nosotros mismos y podemos pasar horas en apacibles reflexiones, como si no bastara la secretaría, el televisor y las revistas con todos los pipices ya pintados uno que otro sujeto me va querer hablar.
La secretaria se come un descomunal cachito de jamon, pavo, queso y ricotta, pero le echa splenda al café como un testimonio a la dicotomía de lo que ella representa.
Ahí es cuando empiezo a contemplar si irme para el carajo y olvidarme del cielo y ser algo así como un fantasma de vuelta en la tierra. Miento, descaradamente, eso lo hubiese pensado desde el principio: Una vida dedicada a joder la paciencia asustando gente y metiéndome en el cuarto de cualquier supermodelo es demasiado tentadora.
La verdad me golpea, ya me morí, qué es lo peor que me puede pasar ya? y voy donde la secreatria, “mirá será que ya llegó la doctora y…”, “mira mi amor, siéntate si, yo te aviso”, “me la vas a dar?”, “cómo????”, “qué si me la vas a dar, no andas diciéndome que si mi amor, que si papi, si me dices así es proque me la vas a dar”, “grosero!!”,”grosera tú mija, seré yo familia tuya para que me digas mi amor”.
En fin, ahí es cuando me voy de ahí para el infierno que lo administran los gringos, me dijeron que tienen una paila particularmente horrible para la gente que maneja y no pone luz de cruce, me gustaría ver eso, a fin de cuentas me gustaría ir a parar a donde termine Carmen Electra y ningún cielo vale tanto como para pasar tanta roncha.
Ninguno


