Vigilantes y Ascensores


No pueden culparme por escribir sempre de lo mismo, vigilantes y ascensores es lo que me toca enfrentar siempre. En estos días pasó algo que los unió en una misma circunstancia.

En las torres donde tengo la oficina hay un ascensor de carga, forrado por dentro y vuelto mierda que se supone debe de usarse para subir cualquier carga.

Cierta vieja maleducada, se que es así, andaba subiendo una cajota con una impresora por uno de los ascensores normales cuando el vigilante vino a llamarle la atención.

  • “Señora no puede subir esa caja por ahí”
  • “Yo no me monto en ese otro ascensor, es muy feo”

Y sin pararle media bola al tipo se montó en el ascensor normal con desprecio y subió.

Hay algo de trágico en ser un vigilante y que no te paren la más mínima bola, es como una negación de tu propia existencia.

Ese señor se levantó esa mañana, descolgó su camisa de vigilante bien planchada, se la colocó con esmero alisando cualquier arruga, lustró sus botas hasta dejarlas brillantes, se dio un último vistazo en el espejo verificando el cierto aire de autoridad que le confería su uniforme y fue a hacer su trabajo para que una vieja le dijera “me sabe a bola lo que sea que tu digas yo hago lo que a mi me salga de la cachufleta”.

Yo nunca he querido ser escritor pero de serlo haría como Murakami, escribiría básicamente sobre el mismo personaje en primera persona cambiando solo el nombre de protagonista y alguna de sus circunstancias.

Pero yo escribiría sobre vigilantes, vigilantes que no vigilan, vigilantes sin autoridad. El vigilante es un personaje universal que da para todo, desde graciosas comedias donde el argumento es que el vigilante se enamora de una chica del edificio e inventa mil maneras cómicas de evitar abrirle la reja al novio para que pase a verla hasta relatos más, umm “kafkianos”, donde nunca van a buscar a un vigilante de una caseta remota por donde no pasa nadie y va enloqueciendo poco a poco según pasa los días encerrado hasta volverse uno con la caseta.

Hay algo heróico en ponerte día a día un uniforme sabiendo que es una causa perdida, un estoicismo melancólico que me hace admirar a ese señor, estoy seguro que ese día llegó a su casa y lloró un poco mientras se duchaba, preparó el uniforme del siguiente día, se acostó al lado de su mujer, suspiró y durmió sin soñar.

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